La locura de cada uno. Viviana Mozzi

Gracias por la invitación a presentar este libro compilado por Alejandra Glaze y Gabriela Camaly, que recoge textos de veintitrés autores/colegas –sumando a las compiladoras– de cuatro Escuelas de la AMP: EOL-ECF-ELP-EBP.

La primera pregunta que se me planteó, es qué se espera de la presentación de un libro, más sabiendo que había dos presentaciones además de la mía en la mesa y que, posiblemente la repetición fuese inevitable.

Más, leyendo la “Presentación” que hicieron Alejandra y Gabriela, en la que hacen un preciso recorrido en el que destacan el punto central de cada uno de los textos; “Presentación” que concluyen diciendo que con este gran trabajo, han construido un “pentagrama de escrituras singulares para dar a cada nota su mejor lugar” y que esperan las resonancias para que “la música del psicoanálisis siga tocando su mejor canción”.

La primera referencia que me surgió –a partir de esta metáfora musical– fue el nombre de Schoenberg, teórico musical y compositor vienés, entre otras cosas primero en la composición atonal que, si la referencia es la música tonal, lo atonal incluye lo que parece “desafinado”.

Eso también me trajo el recuerdo de la canción, que también seguramente todos conocen de Jobim y Mendonça, que fue compuesta como respuesta a las críticas que recibía la bossa nova, criticada por considerarla para cantantes desafinados.

En cada uno de los textos, entonces, se encuentra la nota singular y siempre desafinada de los veintitrés autores, e infinidad de personajes: Schoenberg, Duchamp y su grano de locura, Joyce, Schreber, Hanold y su Gradiva, Edipo, Baudelaire, Bataille, Barthes, Benjamin, etcétera –son cuarenta–; y también se encuentran rasgos singulares, rinocerontes, naranjas, elefantes…; que van recortando –guiados por la misma frase de Lacan: “Todo el mundo es loco, es decir delirante”–, lo que a cada uno le resonó, y las razones y fundamentos que los hacen coincidir en un punto de locura irreductible en la constitución subjetiva.

 

Así es que pensé en sumarme a la locura o al delirio de cada uno, armando un pequeño escrito, tomando un párrafo u oración de cada uno de los veintitrés autores –que iré nombrando– y que, de algún modo, da lugar a uno nuevo. Míos son sólo los conectores y algún agregado freudiano, lo demás es un bricolage hecho con las palabras de cada uno de los que escribieron este libro.

 

Entonces decía, ese punto de locura irreductible en la constitución subjetiva “simplemente quedaba más velado en la época de la estandarización y la excepción, [...] pero allí también estaba incluido” (Victoria Horne Reinoso).

Se trata de “un nuevo paradigma clínico que incluye la dimensión de la singularidad” (Miquel Bassols), ya que “diagnosticar siempre implica un efecto arbitrario” (Marie-Hélène Brousse).

“La locura de cada uno es única y eso desmantela toda aspiración clasificatoria” (Gerardo Arenas), para poner el acento en el “estilo” como vía para transmitir la formación del analista y apueste a que un sujeto pase, tal como dijera Freud, de la miseria neurótica al infortunio ordinario (Leti Acevedo).

“Las mutaciones del fantasma dan cuenta de las variaciones en que el mismo puede estar presente, suspendido, roto o ausente” (Pato Álvarez); algo que encontramos ya en Freud, cuando sostiene en “Análisis terminable e interminable” –lo parafraseo–, que una satisfacción se fija a partir de la puesta en marcha de los mecanismo de defensa. Los llama infantilismos, y que, si en la vida adulta el sujeto no encuentra situaciones similares a la originaria, se las rebuscará para modificar la realidad y encontrar sustitutos, que justifiquen su aferramiento a sus modos de reacción, podemos decir, que justifiquen el modo de goce singular de esa repetición.

Finalmente, “es tan delirante un delirio como un fantasma, ambos son construcciones de defensa ante lo real sin ley”, y el “padecimiento es causado por las ficciones que el sujeto se inventó para tratar con lo real” (Gustavo Stiglitz), “chifladura de la subjetividad, causada por la falla estructural en la sexualidad humana y que afecta a todos los seres humanos” (Ernesto Sinatra).

Se trata de “un tratamiento no estándar del punto forclusivo para todo ser hablante” (Gaby Camaly), a partir del cual cada uno en su singularidad, armará “enganches y desenganches, algún arreglo” (Mónica Wons).

 

De este modo, comienzan a situarse los diferentes arreglos. En Rousseau, por ejemplo, uno de los cuarenta personajes que están dentro de este libro, “la letra no logra fijar ese goce en la juntura simbólico-real, como sí ocurre en el caso de Joyce” (Patricia Moraga); y junto a él Duchamp, sosteniendo “soy mi propio ready-made vivo”, ready-made como “una suerte de trozo de real sin ley” (Ale Glaze); o Hanold que, con el impulso de un sueño, completa el delirio con su Gradiva (Mike Furman).

 

Es necesario sostener “la invención del sujeto en su trabajo sobre lalengua, en su capacidad para encontrar una solución singular que anude lo vivo y el lazo social” (Marita Salgado). Porque los textos recorren también, la dificultad de los lazos hoy, atravesados por empujes a la violencia que dejan mucho más al descubierto “el punto de agresividad en la conformación del yo” (Marisa Morao), o empujes a la identidad con la idea de construir el propio cuerpo; como si no fuese de estructura que “todos tenemos que hacernos uno” (Irene Greiser). “El delirio de identidad es una locura, en tanto creemos allí ser verdaderos” (Elena Levy Yeyati).

El punto es situar, la construcción que el sujeto realiza “para velar el imposible de la satisfacción plena de la pulsión por obstáculo interno” y “saber que el sujeto que recibimos, está gobernado por identificaciones a las que consintió: el uso de los significantes con fines identificatorios es lo que llamamos política” (Osvaldo Delgado); porque “la política también es asunto de identificación, [...] en tanto el inconsciente obedece al lazo social” (Pablo Fridman).

 

A partir de allí, encontramos en el libro, testimonios de las marcas que la lengua del Otro dejó en cada caso, sellos que gobernaban la vida de cada sujeto, hasta lograr extraer el rasgo singular alrededor del cual se armó su delirio: “Vos lo tenés que querer, pero él te tiene que querer mucho más de lo que vos lo querés a él” (Gaby Grinbaum); el hueso duro de roer del fantasma, en la “señorita inglesa” y “el factor de corrección” (Paula Kalfus), o el encerrada en la mudez de la niña del secreto (Kuky Mildiner).

“La no relación sexual es el agujero en torno al cual el parlêtre podrá construir su fragmento de delirio a fin de suplir lo que no se inscribe” (nuevamente Victoria).

Intento de arreglar o “corregir”, lo que el sujeto vive como desafinado.

“Las inconsecuencias, extravagancias y locuras de los hombres aparecerían [...] bajo una luz semejante a la de sus perversiones sexuales; en efecto: aceptándolas, ellos se ahorrarían represiones” (Sigmund Freud). “Neurosis y psicosis” (1924 [1923])