La locura de cada uno. Diana Campolongo

Agradezco a Alejandra y a Gaby la invitación a presentar el libro, pero también agradezco la publicación misma. Tengo un gusto muy particular por el problema de la locura y el tratamiento que los psicoanalistas le damos a ella. Por eso, celebro el libro y considero que es un acontecimiento político. “El discurso del amo no ha dicho su última palabra. El Otro existe y dice dónde está el bien y dónde el mal” (Osvaldo Delgado).

Es el resultado del trabajo de 22 analistas de la orientación lacaniana que se sintieron imperiosamente llamados a dar cuenta de qué significa hablar de la locura de cada uno. (TWEET de Elena Levy Yeyati).

Cada uno de ellos ha tomado un rasgo y lo ha desarrollado, profundizado, exaltado. Es un libro que tiene vida; no se trata de saberes muertos, sino en una constante reubicación, recolocación y revaloración del término locura, desde sus orígenes más antiguos hasta las consideraciones más actuales en la orientación lacaniana, y de la que JAM ha hecho una brújula respecto de la afirmación de Lacan “todo el mundo es loco”.

En su vertiente libidinal es producto de una serie de encuentros, inaugurados hace unos años. El posfacio (Gerardo Arenas) nos revela desde dónde se viene haciendo esta apuesta entre varios, “abierto a la conversación”, nace como “retoño de las pioneras noches de sutilezas” inauguradas en 2012. Funciona también como punto de almohadillado, ya que la locura abre, despliega, se extiende.

En este texto, que son varios textos, el término locura se abre a la interpretación, pero también al seguimiento atento que comienza con Lacan y su doctrina de la locura, y prosigue su desarrollo con las señales que JAM nos aporta.

El lazo libidinal consigue escribir, como dicen sus compiladoras, esta partitura que constituye el libro; poniendo en conexión el Uno solo de la locura de cada uno y el Otro que son los sentidos que se exploran.

El término locura porta en sí una inestabilidad que la hace propicia a la conversación, es imposible cerrarla a un único sentido, y al mismo tiempo hace de brújula en nuestra práctica.

También señalemos su vertiente epistémica.

Lacan no hizo de la locura un concepto, sino un término que lo concierne en la medida en que también lo interpela.

De qué manera tan precisa se cita en la  solapa del libro lo que dijo JAM en su curso Piezas sueltas! “Tras la pista de Joyce, el segundo encuentro que Lacan hace en su seminario es una pregunta que él deja en ese estado, a saber: ¿Joyce estaba loco? Cuando la plantea –sigue diciendo Miller- sabe bien que es capaz de recaer sobre él: ¿Lacan estaba loco en su última enseñanza?”.

Señala de esta manera hasta dónde la cuestión de la locura implica a Lacan.

Si leemos la clase del seminario 23 establecida como una pregunta por JAM ¿Joyce estaba loco?,  retomada en este libro, podremos tener una primera idea respecto de la dificultad que la locura ofrece. La pregunta de Lacan no es ingenua, y diríamos, siguiendo a los autores, que es inabarcable completamente. Permanecerá como pregunta a ser respondida en su singularidad, cada vez.

La insistencia de Lacan siempre me llamó la atención, no entendía por qué no se decidía a dar como un hecho la locura de Joyce, con cualquiera de los argumentos del caso que iba planteando: su creencia de ser un redentor, la relación con su hija Lucía y su telepatía, etc. Pero me encontré, movida por las páginas de este libro, a volver sobre el Lacan de Joyce. Ahí encontré lo siguiente:

 

“...es evidente que no sé todo. En particular, si se lee a Joyce, ¿cómo saber en lo que él creía?

Lo terrible, en efecto, es que me veo reducido a leerlo, puesto que ciertamente no lo he analizado...

... nos vemos reducidos a la opinión porque Joyce no nos lo dijo, lo escribió, y en esto radica toda la diferencia. Cuando se escribe se puede tocar lo real pero no lo verdadero”.

 

“El observador interviene en lo observado pero lo observado incluye también al sujeto y a su método de observación”. Esto implica al observador de manera radicalmente diferente de cualquier otro que crea que es posible hacerlo de manera “pura”, ya que no se trata de la clínica de la mirada, sino de la de un discurso que nos compromete, ya que “no hay observación posible fuera de un discurso”. (Miquel Bassols).

De esta manera fui leyendo los textos, en transferencia, en ellos encontré herramientas para situar hasta dónde este término nos implica y porque invita a darle vueltas a su alrededor, los autores lo hacen.

Si bien la locura de cada uno es singular, las locuras, siguiendo el libro, es necesario pensarlas en plural, y estos textos múltiples nos hablan de ello. Uno de los primeros libros que la psiquiatría produjo de la mano de Esquirol lleva por título “Memoria de la locura y sus variedades”, precisando la múltiples formas de su presentación.

La consideración del fantasma y sus impasses en la neurosis: sea por la vía de la ausencia, suspensión o ruptura. (Patricio Alvarez)

El exceso como locura, en el punto en que la positivización del goce puede hacer estallar tanto la defensa en la neurosis como en la psicosis. “Una vez que se ha tocado el paradigma de la normalidad y la locura, se abren infinitas soluciones posibles” (Gaby Camaly)

En este sentido se inscriben las psicosis ordinarias que, como programa de investigación, permanece abierto. Enganches y desenganches son estudiados a la luz del seminario 3 (Monica Wons) de donde se pueden ya extraer lo que son los signos discretos.  Recordé el comentario de Lacan sobre el caso Brigitte “esos locos normales ...” decía Lacan en 1976 en relación a un caso de PE.

Sueño y alucinación son abordados a partir de Freud y su artículo sobre la Gradiva y localizando al sueño en su función  de fenómeno elemental (Tito Furman).

Hay perspectivas que se abren en el segundo apartado; como en Rousseau en cuya escritura se pueden leer los signos discretos de la forclusión, y también, los múltiples arreglos inventados como suplencias. Se precisa el momento en el que una iluminación lo transforma en escritor, a partir de lo cual sus escritos son necesarios; en alguna medida podemos leer allí lo que Lacan planteaba como “escritos inspirados” en el caso Marcelle C . Es en la brecha del Otro que no sabe que ubica su obra, pero también el postulado paranoico (Patricia Moraga).

En Marcel Duchamp,  la observación está puesta en el “toque de locura” que puede leerse como “toque de lo real”. No es tanto en la obra en que se pone el acento, sino en su propia vida como obra de arte, siendo su propio ready-made.

En su caso, la obra es un objeto reducido de sentido, ininterpretable que objeta el lazo social entendido como comunicación, objeto liberado del mundo del sentido. En la misma línea, puede inscribirse lo que desarrolla como la autonomía de la palabra (Ale Glaze). Diferenciándola del automatismo mental y de la debilidad mental.

Otra perspectiva nos es referida en relación al curso Donc de JAM, donde el planteo está puesto en la referencia tomada básicamente de Hegel y respecto de la cual el yo es loco, lo cual permitiría, siguiendo el texto, considerar ese “goce del yo” como generalizable para encontrarlo también en un neurótico, en su puesta en tensión “con el ser del sujeto que el análisis desanda” (Elena Levy Yeyati)

Ese goce del yo soy, está señalado también en la relación al cuerpo en la época, ya que “Nadie nace en el cuerpo acertado, todos nacemos en un cuerpo equivocado y cada quien debe hacerse un cuerpo”. (Irene Greiser)

Otro índice de la época es el fenómeno de la incredulidad paranoica como modo de presentación de la certeza respecto de la malignidad de los otros, que acompaña el desfallecimiento del efecto sujeto en detrimento de la responsabilidad subjetiva.(Marisa Morao)

Esto implica que no hay lugar al malentendido, es decir a los excesos y defectos del lenguaje , “empujando a traducir de un modo inequívoco las relaciones entre las palabras y las cosas” (Ernesto Sinatra).

El amor en nuestra época, “es posible retomar la vía forclusiva que conduce al amor muerto”, ya no sólo en la psicosis, sino referida al discurso capitalista que produce un rechazo de las cosas del amor.” (Marita Salgado).

Pero la locura también es orientación, un paso dado en función de ubicar la locura como brújula, que resitúa las relaciones del sujeto con la realidad, como indica Freud y retoma uno de los textos (Gustavo Stiglitz). La realidad está perdida y por lo tanto habrá que orientarse por la singularidad de las respuestas sinthomáticas. Esto dependerá de la aptitud del analista, que incluye el tono, lo oracular, lo lúdico y el efecto de agujero que perturba. (O Delgado)

De allí que se precise apostar a un abordar un real, en la locura singular de cada uno, allí donde los discursos establecidos rechazan lo real del lazo social que impacta en el comportamiento de los cuerpo entre sí (Marisa Morao)

De ellos, extraigo un elemento común: ¿ hay una clínica de la locura?, hay una práctica que es inherente a ella. Esta práctica deberá incluir “el punto de locura” de cada uno. No constituye un cuerpo clínico sino a posteriori, una vez que se pueda localizar un saber sobre cada caso.

Las discusiones con la psiquiatría produjeron la gran doctrina de la locura, sacudiéndole la absurda consideración de enfermedad y con ello el consecuente límite a la libertad. Tenía que acentuar la pregnancia subjetiva de la locura señalando que la locura es vivida totalmente en el registro del sentido.

El sello que le imprimió fue su imposible separación del problema de la significación para el ser en general, es decir del lenguaje. Lo cual se contrapuso al orden que imponía la psiquiatría de la mano de quien fue, según Lacan, un “civilizador” en el campo psiquiátrico francés. Había que luchar en aquel momento por ganar un campo que había sido tomado por la psicopatología y sus fundamentos organicistas, que hoy se trasladaron a las terapias conductistas y la medicalización de la vida.

Para Henri Ey, la locura era un insulto a la libertad, y contra esa posición había que levantarse y argumentar, poniendo en valor el término locura.

Felicito a Ey por mantener obstinadamente el término con todo lo que puede presentar de sospechoso, por su antiguo tufo sagrado, para quienes querrían reducirlo de algún modo a la omnitudo realitatis (Totalidad de la realidad).

Felicitemos también nosotros la elección del término locura que organiza, sin pretender cerrarlo, un tema tan sensible y difícil, que dió y dará qué hablar desde mucho antes que la psiquiatría se organizara en una doxa.

En este libro varias voces la elevan, la precisan y la respetan, otorgándole un estatuto ético. Es el acontecimiento político lo que también quería ubicar en esta presentación. “La actualidad es un sueño que producimos todos juntos”, (Pablo Fridman).

Si seguimos atentos su lectura, el libro nos ofrece también, una guía para captar hasta qué punto el “cada uno” es lo que mejor le va a la palabra locura. Los tres testimonios del Pase que coronan esta publicación son más que elocuentes en este sentido. (Gabriela Grimbaum, Paula Kalfus, Kuky Mildiner).

Si Borges toma a San Agustín en su pregunta ¿qué es el tiempo? reeditándola en función de la poesía, y nosotros, como dice uno de nuestros autores, en relación a lo real; hagamos uso de la misma respuesta para poner en evidencia el estatuto paradojal de la locura: “Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé.” (Leticia Acevedo)

Transiten así por este libro, y verán cuánto más orientador puede ser, para poder aprovechar todo lo que tiene de ameno, de lúcido, de inigualable, al lector curioso y con deseo de saber; sin pretender esclarecer completamente un término tan vasto y esquivo. Léanlo, se encontrarán -eso espero-  con las ganas de contar la experiencia de su lectura y con ella, la orientación que sus autores generosamente nos brindan en su recorrido.