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Presentación de la
La locura de cada uno

por Daniel Millas

 

Es el resultado de los lazos que la relación con la escuela propicia. Como lo indica Gerardo Arenas en su Posfacio, este libro tiene antecedentes de producciones anteriores, sin embargo, no deja de ser fruto de la contingencia de un encuentro entre dos amigas en un bar, de una frase soltada al pasar que pone en marcha un proyecto de trabajo. Si lo hace es porque cae en un campo sensible y animado por un deseo que se manifiesta de diferentes formas en quienes compartieron esta experiencia.

La locura de cada uno constituye una serie de veintitrés textos ordenados a partir de ejes  delimitados y articulados precisamente por una lógica que los atraviesa.

Locuras ordinarias. Variaciones

Todo el mundo delira. Perspectivas

La locura como orientación

Saber hacer con la propia locura

Gabriela Camaly y Alejandra Glaze se encargan con una gran capacidad de lectura, de señalar en la Presentación el rasgo y el aporte que cada uno de los textos compilados nos aportan.

Por razones de tiempo paso entonces a mencionar solo a alguno de ellos para situar aquello que este libro me enseña. Me guiaré a partir de una cuestión crucial que nos interroga como analistas: ¿Cómo opera el psicoanálisis? ¿A qué responde su eficacia?

En “Sutilezas analíticas” J.-A. Miller se pregunta: ¿Hacia dónde va el psicoanálisis?”[1] Si es preciso formularlo es porque evidentemente no nos dirigimos hacia la realización plena de un destino ya trazado. El saber analítico es un saber fundado en una falla y requiere de una elaboración permanente. Si la formación analítica no cesa es porque considera justamente lo real en juego en nuestra práctica.

La lectura de este libro nos lleva a considerar las consecuencias clínicas, epistémicas y políticas de la últimísima enseñanza de Lacan. Es desde allí que toma toda su relevancia la afirmación que realiza en Vincennes en 1978: “Todo el mundo es loco”.

“Todo el mundo es loco” nos lleva a ubicarnos en una posición donde la ironía propia del discurso analítico viene a poner en cuestión cualquier concepción que pretenda fundar un criterio de normalidad.

Cuando se pretende hacer de la relación con las normas un orden de hierro, nos encontramos con la misma dimensión psicótica de aquél que se considera llamado a encarnar la excepción portadora de una verdad universal.

Un delirio extraordinario lleva la misma marca forclusiva que aquél que hace del sentido común la única morada en la que habita.

La investigación sobre la psicosis ordinaria que desde hace ya muchos años realizamos en la orientación lacaniana nos ha enseñado mucho al respecto.

Como lo señala Miquel Bassols en su texto, “Si el inconsciente era una suerte de anti concepto para designar la singularidad del sujeto que no se sabe a sí mismo, la psicosis ordinaria es la anti categoría propia del discurso psicoanalítico en la orientación lacaniana para designar la incompletud de todo sistema diagnóstico”.

Esta anti categoría clínica es justamente la que pone en cuestión el prejuicio clínico que ordena la supuesta salud mental a partir de la idea estadística de normalidad.

Tomar esta perspectiva abre una cuestión fundamental en nuestra contemporaneidad. Aquella que nos lleva a considerar que ya no podemos orientarnos por el binarismo que introduce en la clínica el Nombre del Padre. En esta época post paterna, debemos  tomar en cuenta la pluralización de los semblantes que permiten una multiplicidad de relaciones posibles.

Podemos ver de qué manera en los últimos años se han generado cambios que reconfiguran concepciones cristalizadas durante siglos. Por ejemplo, la problemática del género.

Los movimientos LBGTI, intersexuales, queer, han tenido una influencia decisiva en el campo de lo social y en el ámbito jurídico.

Como lo indica Irene Greiser, no se trata de hacer del transexualismo una categoría psicopatológica, sin embargo, ni los avances de la ciencia ni los derechos que lo resguardan impide que la sexuación plantee sus propias dificultades y sus propios síntomas. Como lo señala Irene, todos nacemos con el cuerpo equivocado y tenemos que hacernos de nuestro cuerpo. Los recursos para eso son variados y en la actualidad la elección del género no define una estructura clínica ni tampoco lo que es normal y lo que es patológico.

Sin embargo, es importante destacar que no se trata para nosotros de caer en un relativismo en el que se borran las diferencias. 

Lo que podemos constatar es una suerte de paradoja ya que los signos discretos, ordinarios, deben ser leídos desde nuestra práctica como las respuestas singulares que se apartan justamente de lo ordinario y de lo común del sentido.

A la generalización del síntoma, de la forclusión, del delirio, le sigue la importancia de una relectura de las estructuras clínicas y no de su desaparición. Ya no se trata de la forclusión o no del NP, sino de la imposible escritura de un real que incide en la relación entre el parletre y su partenaire sexual.

La no relación sexual llama a la necesaria inscripción del síntoma como respuesta a esa ausencia.  Así lo indican en el libro diferentes autores, entre ellos Gabriela Camaly, cuando señala que el sinthome viene a inscribirse como solución singular al goce disruptivo de lalengua. Una vez que se toca el paradigma de la normalidad se valoran pragmáticamente esas soluciones, entre ellas, la experiencia analítica misma.

En la Conversación de Arcachón, Miller señala que así como generalizamos la forclusión es preciso generalizar el Nombre del Padre. Para este fin, propone el Punto de Basta. El PB generaliza el NP caracterizándolo como un aparato que hilvana y engancha. Esta generalización nos permite considerar el registro de las pequeñas invenciones, de aquellas identificaciones, que dentro de ciertos límites y bajo determinadas condiciones, le permiten al sujeto un punto de amarre para ordenar su mundo.

Patricia Moraga señala que el impacto de lalengua sobre el cuerpo tiene un efecto de agujero y otro de goce. ¿Cómo tratar los efectos de lalengua sin el NP? Una vía posible es la escritura, y así lo enseña su texto sobre Rousseau. Ella nos recuerda que no todo aquél que escribe, es escritor, pero para algunos sus escritos cumplen una función que como en el caso de Rousseau, los tornan necesarios.

Para otros puede ser el arte, como lo afirma Alejandra Glaze, en su texto sobre Marcel

Duchamp. Un tratamiento que le permite desprenderse, según palabras de MD, de ese “error de la humanidad llamado lenguaje”, y agujerear con su arte los efectos de verdad. El texto de Alejandra termina con una frase que MD le dirige a Anais Nin en 1934, “No es una época para terminar nada, es el tiempo de los fragmentos”

Pero por nuestra parte podríamos decir que a su vez hace de los fragmentos un principio, un orden. Asumir que no es tiempo de concluir, no deja de ser una conclusión. No se trata entonces de la verdad que permite concluir, sino de poder dejar de buscarla, de asumir que lo más propio remite a un real con el que hay que arreglárselas por otra vía.

A esto nos convocan los textos sobre el pase.

Así como Marita Salgado pone en contrapunto el amor muerto de la psicosis con la caída del amor pasión en la época contemporánea, Gabriela Grinbaum nos cuenta de qué manera su análisis le permitió construir la metáfora del amor despertando a la amante sin dejar de deleitarse por las delicias del ser amada. En el siglo XXI!

Paula Kalfus, por su parte, interroga la expresión de Lacan “El inconsciente es la política”, llevándola finalmente a poder abordarla desde la perspectiva de su final de análisis. La fijeza de ciertas identificaciones apresadas en el campo semántico del fantasma, son tocadas a partir de encontrar finalmente que el fantasma mentía.

Sin embargo, no se trata de oponer esa mentira a una verdad sin mácula. Ya no se trata de los espejismos de la verdad sino de la insistencia de un real ante el cual afirma que no hay más que historia para decirlo. Se tratará entonces de servirse de la historia, para cernir lo que allí resta inasimilable.

Finalmente, Kuky Mildiner, logra conducir un delirio de transferencia a un significante que viene a indicar una nueva alianza con el goce. “Cimino”, es el signo de un acontecimiento, el de quedar desencadenada del destino de cumplir con un programa delirante de goce. Un consentimiento tal que admite ahora la contingencia.

Comencé mi comentario hablando de la contingencia de un encuentro entre dos amigas. Concluyo en este momento con la contingencia que permite soltarse del trazado de un destino.

Como ven: Todos locos. Pero sin ninguna duda es a partir de la locura de cada uno que la cosa se pone interesante.

 

Daniel Millas

 


[1] Miller J.A. “Sutilezas analíticas”  Edit. Paidós, Bs.As., 2011, pag. 33.